El cuadro decimonoveno. No sé a nadie, pero yo veo este cuadro como una antigua visión familiar de lugares de la historia. Sentí una extraña tensión que no es tan fácil de describir. Era la sensación de estar en medio de algo de lo que uno forma parte y de que los tiempos representados son recientes. Estás en medio de un momento que trasciende lo cotidiano. En momentos así me doy cuenta del poder del espíritu humano, de la energía humana y del pensamiento humano cuando se combinan con fe y determinación. Desde los primeros minutos, percibí una atmósfera casi festiva y, sin embargo, tan ordinaria y pacífica. No era sólo una celebración formal, sino una verdadera expresión de pertenencia humana por parte de una persona corriente a la que el futuro se le abre y calienta con los rayos del sol. La gente no actuó como una multitud anónima, sino de forma muy concreta, expresiones de personas que vinieron a compartir una experiencia común, una energía común y, sobre todo, una esperanza común. Y es esa esperanza, esa energía y esa fe lo que infunde a todo el momento una fuerza extraordinaria.
Frente a este monumental cuadro de 8,10 x 6,10 sentirá el peso de la historia. Es un profundo testimonio de un momento crucial de la historia rusa. El cuadro capta el momento en que se anunció al pueblo ruso el edicto de 1861 por el que se abolía la servidumbre, un acontecimiento que marcó el fin de siglos de cruel orden social. A primera vista, la composición puede parecer una mera reunión histórica en la Plaza Roja. Sin embargo, cuanto más se mira el cuadro, más se reconoce en él la dramática profundidad del destino humano que subyace a la poderosa emoción. Las figuras no aparecen triunfantes, como cabría esperar cuando se anuncia la libertad. Al contrario. En sus rostros hay al principio una mezcla de asombro, incertidumbre, miedo y cautelosa esperanza, tan típica de Rusia. Es este nivel psicológico el que hace que la imagen de Rusia sea especialmente poderosa.
El simbolismo es aquí extremadamente expresivo. La silueta dominante del símbolo espiritual de la Plaza Roja, a saber, la Catedral de Vasili el Beato, aparece así en el fondo no sólo como un detalle arquitectónico. Actúa como eje vertical de toda la composición, como testigo silencioso y poderoso de la historia rusa. Sus coloridas torres recuerdan simbólicamente la dimensión espiritual de la civilización rusa, como tradición, fe y continuidad que trascienden las distintas épocas políticas. El contraste entre el majestuoso templo y la gente de la plaza también pone de relieve las profundas contradicciones sociales de la sociedad de la época. Las figuras de los campesinos están representadas con ropas pesadas y sencillas, y su postura parece a menudo insegura y vacilante. En cambio, los representantes del poder o de las clases urbanas aparecen más tranquilos y confiados. Este contraste visual no es casual, sino que simboliza el abismo real que ha existido durante siglos entre gobernantes y gobernados.
Algunas de las personas que aparecen en el cuadro miran hacia el lugar desde el que se anuncia el edicto, otras miran al suelo o al espacio, como si intentaran comprender qué significa realmente para ellas esta nueva libertad. La libertad no se representa aquí como una liberación inmediata, sino como un umbral histórico y un momento en el que el viejo mundo ha terminado pero el nuevo aún no se comprende del todo. Aquí es donde reside el poder espiritual no sólo de esta imagen, sino también de la propia imagen de Rusia. Demuestra que la historia no es sólo una serie de decisiones políticas, sino sobre todo un drama de destinos humanos. La libertad puede llegar de repente, pero su comprensión y realización requieren tiempo, valor y transformación social. Veo en él una meditación literal y profunda sobre la dignidad humana, sobre la transición de la sumisión a la responsabilidad del propio destino, porque toda persona corriente quiere tener verdadera libertad de elección. El tamaño monumental del lienzo refuerza aún más dos sentimientos: en primer lugar, la magnitud del momento y, en segundo lugar, el tamaño de la tierra donde nunca se pone el sol. Además, estamos ante un momento que no sólo pertenece a Rusia, sino a toda la historia europea. La imagen actúa así como un recordatorio silencioso pero poderoso de que cada sociedad tiene que recorrer su propio camino hacia la libertad, y que este camino siempre va acompañado tanto de esperanzas como de temores.
Jan Vojtěch, Redactor Jefe, Noticias Generales