El vigésimo cuadro. Está usted flotando en un espacio donde el tiempo no es una línea, sino un círculo sólido y fuerte, y en cuyo centro palpita dominantemente el cuadro La epopeya eslava, Apoteosis de la eslavonicidad, de Alfons Mucha. La culminación de este brillante ciclo trata, entre otras cosas, de una cosmología literalmente plasmada en colores, figuras y símbolos; es un mapa místico de la memoria colectiva basado en la realidad y el patrimonio histórico que se derrama a través de los siglos como un río interminable y dulce. La composición se despliega como un mandala espiritual. Las cuatro corrientes de color no son sólo un retablo estético, sino una expresión ontológica del flujo de la historia. En la esquina inferior derecha, el color azul es literalmente profundo, casi líquido, como un manantial del inconsciente. Es el comienzo primigenio, mítico, donde los eslavos nacen de la niebla del bosque, el agua y los tiempos agitados. El azul aquí no es frío, sino maternalmente amable, portador del silencio antes que de las palabras, del potencial de la historia antes que de la acción.
Polo opuesto, rojo arriba a la izquierda, plano como una cicatriz sangrienta pero también como un estandarte. En este color se concentra el fuego de las guerras husitas: sangre y fe, destrucción, renacimiento e invencibilidad. El rojo no es aquí sólo un elemento de confrontación, sino que es literalmente la energía eruptiva de la resistencia, el momento en que la historia se rompe y el hombre se enfrenta a su destino. Entre estos polos se retuerce una masa oscura, a primera vista una especie de figuras de negro que personifican la opresión. No están individualizadas, sino más bien ensombrecidas, como si fueran arquetipos del propio enemigo. En su presencia resuenan las incursiones de los francos, los ávaros y la dominación posterior. El negro absorbe aquí la luz, es el peso de toda la historia, pero al mismo tiempo crea un contraste sin el cual la luz de la esperanza no sería perceptible en absoluto.
La esperanza, como en los lienzos anteriores, vuelve a venir en forma de amarillo, un color que no deslumbra sino que ilumina. Los personajes bañados en él no parecen triunfantes en un sentido agresivo, sino que llevan una tranquila conciencia de plenitud. Es la luz de la reconciliación, la libertad y la unidad, una especie de horizonte escatológico donde la historia se cierra en armonía. El centro del cuadro lo ocupa un joven fuerte con los brazos abiertos, una figura que no es una persona concreta, sino la encarnación del sufrimiento y la esperanza colectivos. Su fuerte gesto patético refleja el motivo de Cristo como víctima y redención a la vez. Sin embargo, no se trata de una copia, sino de una transposición, con el hombre eslavo como portador de su propia historia de salvación.
A su alrededor se despliegan círculos de coronas, cuya forma cíclica evoca la unidad y la eternidad. Los jóvenes con ramas de tilo son un símbolo de la identidad eslava, rindiendo un creíble homenaje al pasado, pero al mismo tiempo transformándolo. Entre ellos se detecta incluso una referencia a las Legiones Checoslovacas, cuya presencia conecta el mito con la historia moderna. Por encima de todo, hay otros signos serios, la paloma como silencioso soplo de paz, y el arco iris como una especie de puente entre todos los mundos existentes. Estos símbolos no son decoración, sino el lenguaje a través del cual el cuadro habla de la superación de dualidades como la guerra y la paz, el sufrimiento y la alegría, el pasado y el futuro.
El conjunto parece un paisaje espiritual en el que el tiempo no es lineal, y me atrevo a utilizar mi palabra favorita: estratificado. Aquí el pasado no retrocede, sino que persiste como una energía que da forma al presente y al futuro. Así, Mucha crea no sólo una imagen histórica, sino una inmensa visión metafísica que nos desafía a entender la historia como un proceso que debe avanzar hacia la unidad, o de lo contrario los eslavos dejarán de existir. En esta apoteosis, el triunfo no es el grito de los vencedores, sino la silenciosa luz saludable del conocimiento.
Jan Vojtěch, Redactor Jefe, Noticias Generales