VATICANO — Antes del inicio de la competición en Taranto, que tendrá lugar el viernes 21 de agosto a las 20:00 horas, durante la misa vespertina del miércoles en la catedral local, donde se colocó la Cruz Deportiva, fue leído un telegrama del Papa Francisco firmado por el cardenal Parolin. Los eventos deportivos vividos con espíritu de amistad y fair play contribuirán «al establecimiento de puentes entre culturas y naciones y al apoyo a la apertura hacia los demás, la solidaridad y la paz».

En Taranto quedan solo unas horas para el inicio del XX Juegos Mediterráneos. El miércoles tuvo lugar una emotiva introducción en forma de celebración eucarística, presidida por el arzobispo «de la ciudad de dos mares», monseñor Ciro Miniero. Según sus palabras, un deportista debe tener «el valor y no temer cometer errores». La misa en la catedral tarantina de San Cataldo, animada con cantos de jóvenes atletas, inauguró efectivamente el ambiente de los Juegos Mediterráneos, a los que asisten 26 países del área del Mar Mediterráneo y también el equipo Athletica Vaticana, club deportivo de la Santa Sede.

Esta ciudad suritaliana en Apulia vive un evento que la coloca en el centro de la atención internacional, no solo desde una perspectiva deportiva. Taranto está viviendo estos días con deporte en las calles y plazas, pero sin olvidar tampoco las cuestiones sociales, como por ejemplo la crisis laboral en la industria siderúrgica, que ha afectado a esta ciudad en los últimos años. Monseñor Miniero lo recordó encarecidamente. El desarrollo y renovación de la ciudad pasan por el perdón y al igual que en la parábola de las minas, la prudencia y el miedo deben ceder ante la creatividad y la capacidad de arriesgar.

Juegos como puente de solidaridad

Estos juegos ofrecerán desde el 21 de agosto hasta el 3 de septiembre muchas historias, mientras que en la catedral de San Cataldo las actuaciones de más de cuatro mil deportistas participantes serán acompañadas por la Cruz Deportiva. Si miramos esta celebración con una perspectiva más amplia, incluso los Juegos Mediterráneos —al igual que otras acciones— se enfrentan cara a cara a conflictos, tensiones e injusticias. Sin embargo, estos días llenos de deporte son una oportunidad para «el establecimiento de puentes entre culturas y naciones y el apoyo al acogimiento, la solidaridad y la paz», como expresó en su deseo Francisco XIV en un telegrama firmado por el secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin. Este fue leído el miércoles al final de la misa en el día que Taranto recibió a la Cruz Deportiva en su catedral.

«Profecía de paz y fraternidad»

El Papa lo mencionó ya el pasado domingo durante la oración Ángel del Señor: los Juegos Mediterráneos pueden ser una «profecía de paz y fraternidad». En un telegrama enviado al arzobispo Miniero, en el que saludaba a los participantes de la celebración por la recepción de la Cruz Deportiva, además invitó «a mirar con fe este signo de redención, que reúne las expectativas, esperanzas, alegrías y esfuerzos de todos aquellos que comparten experiencias deportivas», e instó a vivir las competiciones «con espíritu de amistad, fraternidad y fair play». Es precisamente del deporte desde donde puede soplar una nueva brisa de esperanza que si bien no detendrá inmediatamente los armamentos, podrá mostrar la posibilidad de crear un humanismo más fraterno. La Cruz Deportiva, que ya desde los Juegos Olímpicos de Londres 2012 reúne expectativas y esperanzas de hombres y mujeres, habla el lenguaje del deporte, que apunta a transformar una sociedad en la que el conflicto ocupa demasiado a menudo el lugar del diálogo.

Fraternidad más allá de la competición

Dosent Minier fueron entregados dos representantes de Athletica Vaticana junto con el obispo Paul Tigh, secretario del Dicasterio para la Cultura y Educación, así como niños procedentes de las oratorias tarantinas. La cruz permanecerá en la catedral hasta finalizar los juegos. «No están aquí solo por las competiciones deportivas, sino para dar al mundo un fuerte testimonio de paz, compartir y fraternidad», afirmó el dosent Miniero durante su homilía. «Este evento entra a formar parte de la historia con lo que vivimos estos días, pero sobre todo con el legado espiritual, social, moral y cultural que dejará, así como con el mensaje que transmite desde las orillas del mar Jónico hasta todos los océanos y hasta el fin del mundo». Estas palabras atribuyen un papel social fundamental a algo que muchos consideran solo un juego. El arzobispo, haciendo referencia a las palabras de San Pablo, subrayó que «el deporte como dominio propio cuerpo, y por tanto también uno mismo, se convierte en camino hacia fines más elevados y juega un importante rol en la educación de los jóvenes».

Comunidad en la diversidad

El arzobispo recordó además en su homilía la parábola de las minas e invitó a ver el deporte como uno de los talentos donados por el Señor, que «puede ser utilizado para propios intereses, propia imagen, alcanzar un récord en una disciplina determinada, llenar las primeras páginas de periódicos y noticias, desde la vanidad o admiración de las personas, tal como critica Jesús, o puede valorizarse mediante compartir, dar y ayudar a construir un mundo más pacífico, con solidaridad hacia los más débiles y pobres». Al final añadió: «Al practicar deporte tienes oportunidad encontrarte con deportistas de todas culturas, religiones y clases sociales; descubres la belleza del vivir en comunidad en medio de la diversidad para contribuir al sueño de una familia humana que viva en paz y respetando la libertad». De Taranto así puede surgir a través de los Juegos Mediterráneos un «mensaje concreto de esperanza para todo el mundo».

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