Cuando Sudáfrica celebra este año 32 años de democracia en el Día de la Libertad, el país se encuentra en una encrucijada marcada por extraordinarios avances y persistentes contradicciones. La historia de estas tres décadas no es ni la del fracaso ni la del triunfo inequívoco: es una narración compleja de resistencia, reforma y asuntos pendientes.

El fin del apartheid dio lugar a una de las democracias constitucionales más respetadas del mundo. La libertad política se consiguió con sacrificio, negociación y visión de futuro. Desde 1994, millones de personas han accedido a la vivienda, la educación, la sanidad y otros servicios básicos. Ha surgido una nueva clase media negra. Las mujeres han alcanzado puestos de liderazgo en el gobierno, la empresa y la sociedad civil. Los sudafricanos, antes excluidos de la economía mundial, participan ahora en los mercados internacionales, la diplomacia y la innovación.

Pero la libertad política no se ha traducido plenamente en justicia económica.

Sudáfrica sigue siendo una de las sociedades más desiguales del mundo. El legado estructural del apartheid, la desigualdad espacial, la concentración de la riqueza y el acceso desigual a las oportunidades siguen definiendo la realidad cotidiana. Políticas como el Black Economic Empowerment (BEE) y la discriminación positiva pretendían corregir estas desigualdades. Han contribuido a la aparición de una clase de profesionales y empresarios de éxito, pero también han puesto de manifiesto sus limitaciones, como la concentración de beneficios, la percepción de clientelismo de élite y la falta de impacto en amplios segmentos de la población.

Al mismo tiempo, el desempleo, especialmente entre los jóvenes, sigue siendo alarmante. Este problema no puede explicarse únicamente por una „escasez de cualificaciones“. Sudáfrica produce licenciados, posgraduados y profesionales cualificados que tienen dificultades para encontrar un empleo significativo. El problema más profundo radica en una economía que no crece de forma inclusiva ni lo suficientemente dinámica como para absorber su propio talento.

La creciente brecha entre los ingresos de los altos directivos y los salarios medios está afianzando aún más la desigualdad. Incluso las personas con ingresos estables no suelen crear riqueza intergeneracional. La carga de la ayuda familiar, a menudo denominada „impuesto negro“, agrava este problema y refleja tanto la resistencia cultural como el fracaso del sistema.

Las tensiones sociales, incluidas las expresiones ocasionales de sentimiento antiinmigración, revelan frustraciones más profundas. Paradójicamente, mientras que las empresas sudafricanas se expanden con éxito por todo el continente y contribuyen al crecimiento de las economías vecinas, en la propia Sudáfrica los inmigrantes son vistos a menudo como competidores y no como socios. Esta contradicción apunta a la necesidad de una visión económica y social más coherente que alinee la inclusión nacional con el liderazgo continental.

El contexto mundial está cambiando rápidamente. El mundo está pasando de un dominio unipolar a un orden multipolar más fragmentado. Las economías emergentes están reforzando su influencia y las nuevas alianzas están remodelando el comercio, las finanzas y los modelos de desarrollo. En este entorno, Sudáfrica ocupa una posición estratégica.

A través de plataformas regionales e internacionales, el país tiene la oportunidad de promover una nueva agenda de desarrollo que dé prioridad a la equidad, la sostenibilidad y la prosperidad compartida. Sin embargo, el liderazgo en el exterior debe corresponderse con la coherencia en el interior.

El mayor obstáculo para la transformación de Sudáfrica en la actualidad no es la falta de políticas, sino la falta de aplicación y de voluntad política. Con demasiada frecuencia, la gobernanza se ve consumida por las disputas entre facciones, el clientelismo y las luchas de poder a corto plazo, en lugar de por la construcción nacional a largo plazo. La ineficacia burocrática, a menudo heredada de los sistemas administrativos coloniales, sigue obstaculizando la innovación, retrasando la inversión y frustrando a los empresarios.

Para avanzar, el país debe adoptar un nuevo paradigma económico que realmente libere a las empresas. Esto significa:

- Ampliar la propiedad y la participación más allá de las estructuras elitistas y permitir que prosperen las pequeñas empresas, las cooperativas y el sector informal.
- Simplificar la burocracia para facilitar la creación, la gestión y el crecimiento de las empresas.
- Invertir en sectores productivos como la industria manufacturera, la agricultura, las tecnologías digitales y la energía verde.
- Replantear la educación y la formación para adaptarlas a los sectores del futuro y apoyar el espíritu empresarial, no sólo el empleo.
- Promover mercados justos pero dinámicos en los que la competencia fomente la innovación sin aumentar las desigualdades.
- Construir la cohesión social, donde el crecimiento económico esté vinculado a los beneficios compartidos, no a la riqueza concentrada.

Sudáfrica también debe replantearse su contrato social. La redistribución por sí sola no puede garantizar la prosperidad: debe estar vinculada a la producción, la innovación y la inclusión. La justicia económica no debe ir en detrimento del crecimiento, sino que debe ser su motor.

La libertad no es estática. Es una condición viva que hay que profundizar, proteger y ampliar.

En sus 32 años, Sudáfrica ha demostrado que la liberación política es posible. El próximo capítulo requiere una liberación económica basada en la dignidad, impulsada por la empresa y sostenida por la unidad.

La promesa del Día de la Libertad sólo se cumplirá cuando las oportunidades no sean privilegio de unos pocos, sino patrimonio de todos.

Kirtan Bhana, TDS

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