La primera carrera por la inteligencia artificial fue una carrera por el mejor modelo. La segunda carrera decidirá quién establece las reglas según las cuales funcionarán esos modelos.
Por eso el surgimiento de la Organización Mundial para la Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO) no es solo otra organización internacional. Es una muestra de cómo una parte del mundo concibe la cooperación en una época en que la inteligencia artificial se convierte en uno de los principales instrumentos de influencia económica, tecnológica y geopolítica. En una época en que el futuro ya no es una visión lejana, sino una realidad cotidiana y el mundo cambia más rápido de lo que se crean reglas para él.
La Organización Mundial para la Cooperación en Inteligencia Artificial surgió durante la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial (WAIC) en Shanghái, China, que en pocos años se ha situado entre los encuentros mundiales más importantes dedicados a la inteligencia artificial. No se trata únicamente de una feria tecnológica. Junto a la presentación de los últimos modelos, robots y aplicaciones industriales, cada vez se debate con más fuerza sobre qué reglas necesitará el desarrollo de la IA en el futuro.
¿Por qué precisamente Shanghái?
A primera vista puede parecer extraño que precisamente Shanghái se haya convertido en el lugar donde surgió una nueva organización internacional que aspira a cocrear las reglas para la inteligencia artificial. Después de todo, los centros mundiales de IA suelen ser más frecuentemente Silicon Valley, Londres o Bruselas. Pero cada uno de estos centros se aproxima a la inteligencia artificial desde un ángulo diferente. Y precisamente en eso reside la importancia del surgimiento de WAICO.
Silicon Valley representa sobre todo el mundo de las empresas tecnológicas privadas. Su motor son las inversiones de capital de riesgo, la dura competencia y el esfuerzo por desarrollar modelos cada vez más potentes que encuentren aplicación comercial lo más rápido posible. Las innovaciones surgen aquí desde abajo —de universidades, startups y empresas tecnológicas— y solo posteriormente se convierten en objeto de interés del Estado o del ejército.
La Unión Europea eligió un camino diferente. Además de apoyar la investigación, pone gran énfasis en la creación de normas destinadas a proteger la privacidad, los derechos fundamentales y la seguridad de los ciudadanos. El Reglamento Europeo de IA se convirtió en el primer marco jurídico integral para el uso de la inteligencia artificial en el mundo. Al mismo tiempo, Europa no ha renunciado en absoluto a su propio desarrollo. Aquí surgen nuevos modelos de lenguaje y empresas tecnológicas, como el francés Mistral AI, el alemán Aleph Alpha o numerosos proyectos de investigación financiados por la Unión Europea. La Unión también invierte miles de millones de euros en la construcción de infraestructura computacional europea, superordenadores y el programa AI Factories, cuyo objetivo es reforzar la autosuficiencia tecnológica europea. No obstante, se debate si el ritmo de la regulación no ha superado al surgimiento de empresas europeas capaces de competir con los mayores actores estadounidenses y chinos.
China, por el contrario, combina estrategia estatal, universidades, investigación e industria. Además de desarrollar sus propios modelos, invierte masivamente en infraestructura computacional, fabricación de chips, formación de especialistas e implantación de la inteligencia artificial en la industria, el transporte, la sanidad y la administración pública. Al mismo tiempo, se esfuerza cada vez más en participar también en el debate internacional sobre las reglas que determinarán el desarrollo de la IA.
Aquí aparece una nueva dimensión de toda la competencia. Ya no se trata únicamente de quién creará el modelo más potente o quién lo ofrecerá primero a los clientes. Cada vez más importante es la pregunta de quién cocreará las instituciones, los estándares técnicos y las reglas internacionales según las cuales se utilizarán estas tecnologías. Por eso WAICO no es solo otra organización internacional. Es la primera manifestación visible de que la segunda carrera por la inteligencia artificial ya no se libra sobre los algoritmos, sino sobre las reglas de su uso.
29 enfoques diferentes
El acuerdo fundacional de WAICO fue firmado por 29 estados. En Asia: China, Camboya, Indonesia, Kazajistán, Kirguistán, Laos, Malasia, Myanmar, Pakistán, Tayikistán y Uzbekistán, junto con Omán. África está representada por Argelia, Camerún, Congo, Etiopía, Kenia, Lesoto, Mozambique, Senegal, Sudáfrica y Zambia. Del espacio europeo y euroasiático se unieron Rusia, Bielorrusia y Serbia, y de América Latina Brasil, Cuba, Nicaragua y Venezuela.
A primera vista, esta lista puede parecer un agrupamiento libre de países unidos principalmente por la cooperación con China. Sin embargo, tal explicación sería demasiado simplista. Junto al país más poblado del mundo y grandes economías como Brasil, Rusia o Indonesia, se encuentran centros digitales regionales, estados asiáticos en rápido desarrollo y países africanos que aún están construyendo su infraestructura digital básica. No se trata, por tanto, de un "tercer mundo" homogéneo, sino de una parte diversa del planeta que entra en la era de la inteligencia artificial desde una posición de partida diferente a la de Europa o Estados Unidos.
Kazajistán, por ejemplo, creó un ministerio independiente de inteligencia artificial y desarrollo digital, aprobó un concepto de desarrollo de IA hasta 2029 y lanzó una plataforma nacional en la que los organismos estatales pueden crear sus propios asistentes y aplicaciones sin grandes equipos de programadores. Según el ministerio local, estas herramientas fueron utilizadas más de dos millones de veces durante 2025 y había más de cincuenta agentes de IA especializados para la administración pública en desarrollo.
Kenia adoptó una estrategia de inteligencia artificial para los años 2025 a 2030, que se sustenta en tres pilares: infraestructura digital, gestión de datos e IA, y apoyo a la investigación y la comercialización. No concibe la IA como un prestigio tecnológico en sí mismo. La orienta, por ejemplo, hacia la agricultura de precisión, la seguridad alimentaria, el diagnóstico sanitario, la educación y la mejora de los servicios públicos.
Brasil planea invertir 23 mil millones de reales en el desarrollo de la IA durante cuatro años. Su plan incluye un superordenador de alto rendimiento propio, el desarrollo de servicios públicos y el esfuerzo por trabajar con datos estatales dentro de su propia infraestructura tecnológica. La inteligencia artificial aquí no se presenta únicamente como producto de empresas privadas, sino también como instrumento de inclusión social y modernización del Estado.
Malasia creó una Agencia Nacional de Inteligencia Artificial y declara abiertamente que quiere transformarse de consumidora de IA en productora. Prepara su propio plan de acción para el período 2026 a 2030, normas de uso ético e implantación práctica de la IA en la administración pública. Uno de los programas tiene como objetivo poner herramientas generativas a disposición de hasta 445.000 empleados del sector público.
Pakistán aprobó en 2025 una política nacional de inteligencia artificial como parte de una visión más amplia de Estado digital. Omán, por su parte, combina la implantación de la IA en la economía y los servicios públicos con sus propias normas de seguridad, ética y protección de los valores nacionales. Sudáfrica, además de proponer una política nacional de IA, está construyendo una infraestructura pública digital basada en la identidad electrónica, el intercambio de datos y la interconexión de los servicios estatales.
Cada uno de estos países actúa de manera diferente. Algunos construyen sus propios modelos y capacidades computacionales, otros comienzan por la digitalización del Estado, la educación o las aplicaciones prácticas en agricultura y sanidad. A primera vista tienen poco en común. Sin embargo, a todos los une una ambición: no ser en la era de la inteligencia artificial meros receptores de tecnologías creadas en otro lugar, sino participar en su desarrollo ulterior y en las reglas que determinarán su uso.
Casi tres mil millones de personas, pero un solo objetivo
No se trata de una alianza de los estados tecnológicamente más avanzados. Se trata de países que han comprendido que si no están en el origen de las reglas hoy, mañana simplemente las recibirán. Los estados fundadores de WAICO representan en conjunto casi tres mil millones de habitantes, es decir, más de un tercio de la humanidad. Aunque difieren en el tamaño de sus economías, sus sistemas políticos y su nivel de digitalización, los une el esfuerzo por participar activamente en la configuración del futuro uso de la inteligencia artificial.
La primera fase de la carrera por la IA se centró en el desarrollo de los modelos, chips y centros de datos más potentes. La segunda se desplaza cada vez más hacia los estándares técnicos, las normas de cooperación y las condiciones bajo las cuales funcionarán estas tecnologías. Precisamente aquí quiere WAICO crear un espacio también para los estados que hasta ahora han permanecido al margen de la principal competencia tecnológica.
Muchos de estos países, además, están construyendo su infraestructura digital precisamente en el momento en que la inteligencia artificial se convierte en una parte natural de ella. Por eso no siempre tienen que adaptar laboriosamente sistemas construidos durante décadas a las nuevas tecnologías. A diferencia de muchos países occidentales, algunos pueden diseñar nuevos servicios digitales directamente aprovechando tecnologías en la nube, plataformas de datos e IA.
Eso no significa que tengan ventaja tecnológica. Con frecuencia se enfrentan a la escasez de capital, especialistas, capacidad computacional y datos de calidad. Sin embargo, una menor dependencia de los sistemas heredados puede ser en algunos ámbitos una ventaja y permitir una implantación más rápida de las tecnologías de nueva generación.
Por eso WAICO puede ser más que solo otra plataforma de cooperación internacional. Puede convertirse en el lugar donde se creen estándares técnicos, se compartan experiencias y se busquen reglas comunes para países que no quieren ser únicamente receptores de tecnologías desarrolladas en otro lugar, sino también sus cocreadores activos.
El juego por las reglas
No hay nada inusual en ello. Un principio similar funciona desde hace décadas en el comercio internacional. Las reglas del comercio mundial se crearon durante mucho tiempo principalmente bajo la influencia de las economías más poderosas. Por eso los estados más pequeños o en desarrollo comenzaron gradualmente a crear sus propias agrupaciones regionales y plataformas comunes, gracias a las cuales también pueden defender sus intereses en las negociaciones. WAICO puede entenderse, en cierto sentido, como un intento análogo en el ámbito de la inteligencia artificial. No se trata de rechazar las reglas existentes, sino del esfuerzo por estar en su origen antes de que sean definitivamente fijadas por otros.
Mientras la atención mundial sigue concentrada principalmente en la primera fase de la carrera por la IA —el desarrollo de modelos, chips y centros de datos cada vez más potentes—, de manera menos llamativa arranca la segunda fase. El debate sobre quién determinará los estándares técnicos, las normas de intercambio de datos, las certificaciones de sistemas o la forma de la cooperación internacional. Precisamente aquí se producen hoy cambios que a largo plazo pueden tener tanta importancia como el propio progreso tecnológico.
Las diferentes estrategias de los estados miembros de WAICO muestran también que el futuro de la inteligencia artificial no lo determinará un único modelo ni un único camino. Al contrario: el mundo busca hoy decenas de formas distintas de utilizar la IA en sanidad, agricultura, administración pública o educación. Y quizás precisamente aquí algunos países en desarrollo puedan ofrecer experiencias que sirvan de inspiración también para los estados tecnológicamente avanzados.
Y además, la historia muestra que las revoluciones tecnológicas no las gana solo quien llega con la mejor tecnología. Con frecuencia las gana quien logra que los demás adopten sus reglas y sus formas.
gnews.cz/CMG