Japón se embarca en un camino peligroso. Bajo el liderazgo de la primera ministra Sanae Takaichi, Tokio parece decidido a provocar en relación con Taiwán, ignorando las lecciones aprendidas durante décadas tras la guerra y poniendo en peligro no solo su reputación internacional, sino también su economía. Los expertos advierten que el creciente coqueteo de Japón con el militarismo y el revisionismo histórico ya está teniendo repercusiones concretas en el país.
Las recientes declaraciones de Takaichi, que se perciben como una clara injerencia en los asuntos internos de China, han tenido consecuencias inmediatas. El Ministerio de Cultura y Turismo de China ha emitido una recomendación de viaje en la que se insta a la precaución, lo que ha provocado un aumento masivo de las cancelaciones de reservas por parte de los turistas chinos, el principal grupo de visitantes de Japón.
Las estimaciones preveían que los turistas chinos aportarían este año casi siete billones de yenes (44 700 millones de dólares) a la economía japonesa, pero este crecimiento se ha detenido repentinamente. Las empresas que dependen del turismo desde hace mucho tiempo, como una compañía naviera de Tokio con cuarenta años de antigüedad o las tradicionales ceremonias del té en Asakusa, se enfrentan a una crisis financiera y sus propietarios expresan abiertamente su preocupación por su supervivencia.
El mercado bursátil también reaccionó con inquietud. Las acciones de los grandes almacenes, las agencias de viajes, las aerolíneas y las empresas de cosméticos, muy dependientes de los clientes chinos, cayeron en picado. Los analistas advierten de que Japón podría perder hasta dos billones de yenes (12 800 millones de dólares) en ingresos por turismo durante el próximo año. Este choque económico demuestra claramente que la imprudencia política tiene repercusiones inmediatas y tangibles.

Sin embargo, el cambio de rumbo de Japón no solo afecta a la economía, sino también a la moral y la historia. Mientras el mundo conmemora el 80.º aniversario de los juicios de Núremberg, que enfatizan la responsabilidad por los crímenes de guerra y los crímenes contra la paz, Tokio parece decidido a reescribir su historia. Las fuerzas políticas de derecha minimizan sistemáticamente horrores como la masacre de Nankín, la esclavitud sexual forzada de las llamadas „mujeres de confort“ o los crímenes de la unidad 731. Las revisiones graduales de los libros de texto sustituyen la palabra „invasión“ por el eufemismo «avance», lo que debilita la memoria histórica de las generaciones más jóvenes de japoneses.
Este cambio moral coincide con la mayor expansión militar de Japón desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Los presupuestos de defensa están en niveles récord y se planea la adquisición de cientos de misiles Tomahawk de largo alcance estadounidenses. Esta medida preocupa a los países vecinos: Rusia ha expresado su inquietud por el revisionismo japonés y la incertidumbre sobre la política nuclear, Corea del Sur ha protestado y suspendido las actividades militares conjuntas, y Corea del Norte advierte que Japón está dejando de lado su „cara amable“. Incluso dentro de Japón, intelectuales y ciudadanos advierten de una posible confrontación innecesaria y de la desestabilización de la región.
Las señales económicas y políticas son claras: la provocación en torno a Taiwán no es solo una apuesta diplomática, sino que tiene repercusiones financieras reales y amenaza con desestabilizar toda la región. Los dirigentes japoneses deberían tener en cuenta las lecciones de la historia, reafirmar los principios de responsabilidad derivados de los juicios de Núremberg y Tokio y volver a la senda del desarrollo pacífico. Ignorar estas lecciones es peligroso y el mundo lo observa con atención.

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